Colegio Presidente Arturo Frondizi, en Corrientes

El desafío de la integración

Con casi seis años de vida, el Colegio Polimodal Presidente Arturo Frondizi, situado en la periferia de la ciudad de Corrientes, es un ejemplo exitoso de inclusión social en el ámbito escolar. En la institución conviven, aprenden, crean y hacen deportes alumnos de clase media junto con los hijos de los habitantes más humildes de los suburbios urbanos.

Orgullo es una expresión que, de tan repetida en el imaginario escolar, terminó por vaciarse de contenido; por eso es que resulta tan conmovedor notar recuperado su sentido. Y más, si no es de boca de funcionarios o de directivos -ni en himnos ni en actos- sino que son madres, padres y alumnos los que se dicen orgullosos de pertenecer al Colegio Polimodal Presidente Arturo Frondizi, ubicado en Corrientes capital. Localizada en un área suburbana, la institución ha logrado plasmar lo que no ha podido la fragmentada sociedad argentina en su conjunto: la integración armónica y enriquecedora de los hijos y las hijas de clase media y de los habitantes de una de las regiones más pobres de la ciudad.

La escuela está ubicada en una zona llamada Molina Punta, un entramado de barrios que va desde el residencial Valencia (al que todos llaman Los Profesionales, porque sus primeros habitantes eran médicos, abogados y arquitectos, entre otros graduados universitarios) hasta el precario Punta Taitalo.

No son muchas las cuadras que distan entre las construcciones de varios ambientes, grandes ventanales, jardines, cocheras, portones y rejas de los terrenos con casas endebles, caballos, barro, pasto, aserraderos y ladrillerías, aledaños al río Paraná. Sin embargo, un abismo los separa.En una misma tarde de sol y cielo inmejorable, de un lado el ritmo es calmo y puertas adentro; del otro, repiquetea el ir y venir de las manos que moldean a velocidad increíble la tierra roja y le dan forma de ladrillo.

La escuela es la única bisagra.

Los que trabajamos en esta escuela estamos convencidos de que nuestros alumnos pueden aprender, dice un afiche enorme colgado a la entrada de este EGB y Polimodal. Y aunque la frase pueda parecer obvia, hace casi seis años, cuando se inauguró el colegio en el que se inscribieron unos doscientos chicos provenientes de familias sin trabajo fijo, nadie en la zona confiaba en que el proyecto fuera a resultar.

Por entonces me dolía ver alumnos de los barrios residenciales esperando el colectivo para irse a otra escuela en lugar de elegir la nuestra -recuerda la directora Silvia Dostal-. De a poco fuimos ganando la confianza, demostrando a la comunidad lo que podíamos hacer. Tanto es así que ahora todos los chicos y chicas de la zona se vuelcan a este colegio, y de doscientos pasamos a ser mil: 660 alumnos en el EGB y 340 en el Polimodal; sin contar los tres cursos del EGB2, que funcionan en un anexo, sobre la ruta 12".

El plantel de docentes y no docentes está conformado por 78 personas, algunas presentes desde el comienzo. Y no les ha resultado nada fácil, según relata la directora. "Al principio nos encontramos con grandes problemas, de conducta y de aprendizaje y sobre todo de violencia -verbal y física- que arrastraban desde afuera, pero que estallaba en la escuela. Fue un gran desafío, porque todos éramos profesores que veníamos de trabajar en escuelas del centro y la realidad en el aula era muy difícil".

Los docentes exigían y exigían hasta que la realidad se les vino encima, cuando decidieron organizar unas visitas a los domicilios de los alumnos. "Ahí nos dimos cuenta de que los chicos no tenían un espacio donde estudiar tranquilos en sus casas, que no tenían un hogar conformado, que vivían en permanentes crisis, que había familias enfrentadas en el propio barrio".

Fue entonces cuando la estrategia pedagógica dio un vuelco y comenzó a tomar la fisonomía que tiene ahora. El beneficio no solo redundó en la contención de esos chicos en situación de precariedad, sino en la incorporación de aquellos otros hijos de clase media a los que la escuela hasta entonces no había logrado convocar. La integración resultó un hecho.

El primer paso fue brindarles un espacio dentro del edificio, para que pudieran acercarse a leer y a ejercitar con comodidad, a contraturno, y así lograran desarrollar el hábito de estudio y de lectura, del que carecían.

Poco después, el uso de las instalaciones de la escuela fuera del horario escolar se expandió hacia actividades deportivas y artísticas. La institución hizo las primeras propuestas y luego fueron las alumnas y los alumnos quienes empezaron a exigirles más.

Ahora funcionan talleres literarios, de apoyo escolar, de inglés, de periodismo, de ajedrez, de cestería, de karate, de bailes folclóricos, de percusión, de aerobic, de teatro. Y un taller solidario con el barrio para el que los chicos salieron a recuperar historias, de boca de sus abuelos, y las filmaran. Además, se organizan viajes educativos, fogones y desfiles.

La actividad más fuerte está nucleada en torno al Club de Básquet Arturo Frondizi, que ya lleva cinco años y varios encuentros y campeonatos en distintos puntos del país y también en Chile. Nació a instancias de la directora y un grupo de madres y padres. Con el tiempo amplió su oferta al vóley, pelota al cesto y hockey, entre otras disciplinas.

"Yo, hasta ahora no he visto en esta escuela profesores de esos que vienen, cumplen con su materia y se van -sostiene Patricia Serryn, que es ama de casa, y tiene dos chicos en este colegio que queda a dos cuadras de su casa-. Acá los maestros están hasta los sábados y los domingos".

Integrante de la comisión directiva del Club, se define a sí misma como una "mamá frondicista" y es parte del grupo de adultos que apoya con su participación activa la propuesta institucional. Eso implica desde organizar torneos y conseguir subsidios hasta preparar empanadas y tortas fritas para vender. Las actividades no se pagan, de modo que todo es -como sintetizan algunas madres- "a base de imaginación".

La escuela está abierta a toda hora y así, tal como señala la directora, "el alumno trae a su vecino, a su hermano, a aquel que a lo mejor hace un tiempo dejó la escuela y, gracias a los talleres, los vamos recuperando y al año siguiente los vemos sentados en un aula".

La inclusión social

Jonathan tiene puesto un gorro para protegerse del sol, el cuerpo curtido y las manos veloces. Fabrica ladrillos y los apila, en equilibrio, para que se sequen ante un cielo celeste y abierto. Ya no va a la Frondizi: "Entré por medio año nomás, porque tuve que dejar para ayudar a mi viejo". Dice que "está linda" la escuela, que igual mucho no le gusta estudiar y que a lo mejor vuelva más adelante; pero por ahora, no.

Ese es uno de los retos más duros del colegio: lograr que los chicos y las chicas puedan estudiar, que no se vayan, que no deserten si repiten.

"Desde que comenzamos tenemos como idea principal la inclusión, por eso más allá de que aprendan, intentamos formar un marco de contención al alumno, contemplar la situación familiar, hablar con los adultos -explica Rina Olijavetsky, asesora pedagógica-. Hay padres que, en algunos casos, obligan a los hijos a dejar el colegio para ir a trabajar y, a veces, luego de hablar con ellos, logramos que los chicos vuelvan".

Acercarse hasta las casas de los estudiantes es un camino productivo para romper la distancia geográfica y simbólica que a veces separa a las familias de la escuela.

"Cuando algún chico falta por algún motivo, sus compañeros van y averiguan y les avisan a los profesores y ellos mismos van a sus domicilios a ver qué pasó. Si dejó de venir por problemas económicos, si tiene que cuidar a sus hermanitos, porque son muchos los que no pueden estudiar porque deben cuidar a los más pequeños mientras sus padres trabajan o buscan empleo", confirma Patricia, la mamá frondicista.

Con el mismo sentido integrador, los docentes se preocupan por hacer participar a sus propias familias en las actividades especiales que organiza la escuela, de modo que los universos personales y los sociales vayan ensamblándose.

"La reciprocidad es la que hace que sigamos adelante, es la retroalimentación que tenemos la que nos nutre -coinciden varias profesoras-, porque el trabajo de contención es agotador, las realidades son muy distintas y, más allá de todo lo atractivo que puedas plantear desde lo educativo, resulta difícil enfrentar desde lo pedagógico esta realidad".

Una parte importante del alumnado trabaja y, según señalan los docentes, se les nota en la cara el cansancio y el esfuerzo que hacen para no abandonar. También se les nota, dicen, el brillo en los ojos cuando imaginan un futuro.

"Tengo pensado terminar la escuela y embarcarme en los pesqueros que recorren el sur para tener un salto económico, como para poder comprar un terrenito para construir mi casa y que a mi señora y a mi hijo nunca les falte nada. Mi sueño es ser deportista profesional. Ojalá pueda hacer todo esto que tengo pensado para luego dedicarme al básquet, que es lo que más me gusta", describe Gerardo Barrios, que cursa el tercer año del Polimodal y habla agitado porque acaba de terminar las clases de baile en uno de los patios del colegio. Mientras se acomoda el pelo y la camisa, cuenta que estudia, baila, juega al básquet y trabaja: es cobrador de las cuotas del Club Frondizi, colabora en el quiosco que tiene su familia y hace tareas como ayudante de albañil. Es, además, un flamante papá.

"¿Qué espero de la escuela? -retoma Patricia- Para nuestras expectativas, ya está. De algún modo estamos saciadas, tanto es lo que recibimos. Pero todavía hay muchos chicos que están afuera; entonces, como mamá que tiene las oportunidades de que sus chicos pertenezcan a esta escuela, creo que todos tienen que estar. Este es su lugar de origen y eso es lo que nos falta para estar completos: que los que están afuera puedan entrar".

Periferia

Corrientes, la capital de la provincia, tiene alrededor de 921 mil habitantes y 145 escuelas, la pobreza abarca al 46 por ciento de la población y la indigencia al 18 por ciento. Está fragmentada entre el centro, enmarcado en cuatro avenidas y los barrios que conforman el grueso de la fisonomía de la ciudad.

Se supone que la Frondizi está ubicada en una de las llamadas zonas periféricas. Pero si hasta los arquitectos abandonaron ya la concepción de que una ciudad es un árbol que tiene un tronco central del que se desprenden todas las ramificaciones, para los padres y alumnos de la escuela, no hay duda de que ese es su centro, porque allí tienen todo.

"Por el trabajo de mi esposo, con mi familia tuvimos que trasladarnos muchas veces a distintas provincias. Cuando llegué a la ciudad de Corrientes me aconsejaron: 'a la escuela del barrio, no'. Y a mí este colegio me brinda más seguridad que una escuela del centro, a la que los chicos deberían viajar para llegar y en las que no tengo al alcance de la mano a los profesores que viven en el barrio. Cuando, sea el momento que fuera, mi hija me dice que se va para la escuela yo me quedo tranquila porque sé que o está bailando o está jugando al básquet o está en el taller de vóley. Además, todos los chicos se conocen, vuelven juntos, se cuidan entre sí. Lo que pasa es que es la misma comunidad la que separa a los colegios", comenta María Ana Mónica de Caballero, que tiene una hija en segundo año del Polimodal y un hijo que recién ha ingresado al establecimiento.

Las madres que están a su lado asienten cuando María señala: "Hay clubes del centro de Corrientes que no quieren venir a jugar al barrio. Una vez dijeron que teníamos que pagarles un colectivo para que subieran y bajaran en la puerta y que además debíamos contar con asistencia policial. Y acá no pasa nada, creo que es uno de los barrios ue menos salen en los diarios por cuestiones de actos delictivos. Son cosas que a los chicos los hacen sentir muy mal; a veces, cuando les preguntan a qué escuela van yo noto que nos miran, porque no saben si responder o no".

Pertenencia

Un chico lee en voz alta el poema que escribió. Unas chicas se dejan caer sobre los brazos de sus compañeros de danza. Unas nenas agitan las polleras mientras los varones zapatean al ritmo de una chacarera. Un grupo de mujeres se pasa la pelota y un entrenador hace sonar el silbato mientras se escuchan unos sonidos aspirados y guturales de los que practican artes marciales.

En la Frondizi siempre hay ruido y actividad. Hay movimiento permanente hasta en los patios internos y los pasillos. El edificio no es pequeño pero -compartido con una escuela primaria- les queda chico igual.

La escuela ha alcanzado cabalmente el sentido de lo público y del acceso cotidiano de todos a aquello que, justamente, es de todos. "Es llamativa la forma en que se integran por lo menos dos grupos sociales diferenciados y conviven en armonía, en una mezcla de situaciones sociales de las que ambas partes salen enriquecidas", destaca el profesor Hugo Blasco.

El secreto es la pertenencia. Docentes, madres, padres, alumnas y alumnos entran y salen de la escuela como si estuvieran donde en realidad están: en su casa


Volver a COLEGIOFRONDIZI.COM.AR